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martes, 6 de septiembre de 2011

Pueblos no contactados y petroleras (parte V)



Un encuentro inesperado (II)


Lo que quiero rescatar de esta historia es lo siguiente. El aislamiento de este grupo de personas no es parte de su esencia, es decir, el “aislamiento” en el que viven no es algo esencial en ellos, no los define ni los califica, es más bien algo circunstancial. Y esta circunstancia ha sido condicionada por el hombre blanco en una de las más horribles páginas escritas sobre la historia de la humanidad, como es la historia del caucho amazónico. En esta historia, el “hombre blanco” (cuyo término encarna a la cultura occidental dominante en aquella época) se puso la camiseta de “hombre malo” y perpetró los más horripilantes crímenes contra los pueblos indígenas. Esta historia ocasionó la destrucción de la sociedad pan-amazónica de intercambios y alianzas entre los pueblos donde todas las culturas en relación con otras crecían y se desarrollaban en comunión con la naturaleza, compartiendo habilidades, espiritualidades, cosmovisiones, utensilios, etc. Fruto de esta destrucción vino la huida y la desestructuración, quedando pequeños grupúsculos escondidos en las cabeceras de los ríos, en lugares inaccesibles y poco aptos para el desarrollo de sus actividades tradicionales. Cuando hablamos de pueblos no contactados en la Reserva y en los límites del parque del Manú, que nadie piense en grandes grupos humanos, sino en pequeños núcleos familiares condenados al eterno incesto que les termina degenerando biológicamente haciendo inviable su vida y su desarrollo como pueblo y como cultura. La ley que prohíbe el incesto está presente en todos los pueblos y culturas. Ningún pueblo lo acepta, si bien es cierto que pueda haber variaciones en el grado de consanguinidad que resulta incestuoso. Pero en sí el incesto está reprobado por todas las culturas como un arquetipo presente en toda la humanidad. Ningún pueblo lo desea para sí. Todos buscamos la relación con el otro más allá de nuestros límites familiares. Por lo tanto, debemos de dejar de afirmar que el aislamiento sea esencial a ningún pueblo o cultura de la tierra, pues además, dicho pueblo, no podría sobrevivir muchas generaciones.

Lo normal es que estos pequeños grupos familiares, vayan quitando el miedo y deseando salir cada vez más y más, relacionándose con los otros y descubriendo que hay leyes que ahora les amparan y protegen. Ése es el proceso por el que han pasado las actuales comunidades nativas del Bajo Urubamba. En cuanto han conocido que se daban las condiciones favorables para reorganizar su vida indígena lo han hecho. Y estos grupos que quedaron descolgados irán descubriéndolo también. No lo harán de la noche a la mañana, pero sí lo podrán descubrir en contacto con sus paisanos, con su propio pueblo, poco a poco, sin choques, sin encontronazos, sin violencias.

Pero claro, lo que no puede ocurrir es que el hombre blanco ahora se ponga su camiseta de “hombre bueno” y decrete el AISLAMIENTO VOLUNTARIO. Ocurre ahora que a quienes en su día se refugiaron en lugares inaccesibles donde tienen dificultades para cultivar el algodón de sus ropas, desarrollar su agricultura, mantener y seguir desarrollando su conocimiento sobre medicinas naturales, intercambiar productos e ideas con otros pueblos, establecer alianzas y uniones exogámicas, se les decreta que el aislamiento es su estado natural y que deben mantenerse en él. Se considera que el cautiverio, que ha sido una circunstancia impuesta, pasa a ser “esencia” de estos pueblos. Hemos comprobado por las comunidades ashianinkas refugiadas en la época de Sendero Luminoso, su increíble capacidad de supervivencia en el bosque, renunciado a otros beneficios que obtenían del contacto exterior. Pero eso no significa que hayan renunciado a su legítima aspiración a recuperar las condiciones de vida anteriores al cautiverio en las que lograban algunos beneficios que el aislamiento de ahora no les brinda. Todas las personas necesitamos de la sociedad para desarrollarnos como individuo y como colectividad. El aislamiento no desarrolla la cultura. Creer que estos grupos “aislados” conservan la “cultura de un grupo en estado puro” es un error tremendo. Nadie se desarrolla con todas sus potencialidades en el cautiverio. Las personas  necesitamos libertad, y en el contacto con los demás es como crecemos personal y colectivamente.

De esta manera, el hombre blanco impide el natural proceso de liberación de estos pueblos del cautiverio al que se vieron sometidos.  A las finales, una vez más, a los pueblos indígenas les toca sufrir la última gran idea del hombre blanco. E insisto que intuyo que por ahí va el grito de Dionisio: yo no soy una huangana, soy una persona.


David Martínez de Aguirre

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