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viernes, 2 de septiembre de 2011

Pueblos no contactados y petroleras (parte IV)



Un encuentro inesperado (I)

Me gusta contar esta experiencia porque da luces. Era el año 2007, hacia el mes de mayo, cuando Vidal y Paboro, que viven en las nacientes del Camisea, en la boca de la quebrada Piriasánteni, en una de sus visitas a Montetoni nos reportan que habían visto pisadas y restos de fuego en las cabeceras de la quebrada. El plan de Vidal tenía su astucia: acudiría con dos jóvenes a investigar quienes eran y al encontrarlos enviaría a los dos jóvenes quedándose él escondido; si les mataban regresaría inmediatamente a Montetoni a avisar que “son malos” y si no les mataban y conversaban amigablemente, entonces él saldría de su escondite a conversar con ellos y a informarse de quiénes y cuántos eran. Y con este astuto plan Vidal se regresó a su territorio. Mientras Vidal en su apacible vida meditaba en qué momento le apetecería irse a pasear por el bosque, pescar e investigar sobre los extraños, se le presentaron tres paisanos desnudos en su casa. Habían dejado sus arcos y flechas en el camino, al llegar a la chacra que circundaba la casa. Este importante dato demostraba que venían en son de paz. El astuto plan de Vidal quedó desactivado.

Comenzó el intercambio de objetos y la conversa: quién eres, dónde vives, hay más gente, dónde cazas, dónde pescas... Poco tendrían que ofrecer los que llegaban, quizás algún pescadito, pero el bueno de Vidal y esposa tuvieron que compartir sus roídas ropas, anzuelos, ollas viejas y algún cuchillo.

“¿No tienes miedo? ¿Ya no hay hombre blanco aquí?” La pregunta no demoró mucho. Vidal le contó que antes sí, que vivían escondidos en el Timpía. Los abuelos habían vivido en la boca del Timpía, pero por enfrentamientos en las correrías se escondieron. “Ahora ya no pasan esas cosas”. Los visitantes narraron cómo sus abuelos les habían contado que antiguamente robaban a las esposas y se llevaban a los niños, matando a los varones adultos… Vidal les contó que él también sabía de esas cosas, pero que ya no ocurrían, que ahora en Montetoni había escuela y que si querían podían bajar a conocer sin motivo para el miedo. Había un inconveniente, y es que Vidal acababa de visitar hacía unos días Montetoni y había visto que la gente estaba con resfriado y les podían contagiar a ellos. Los visitantes le dijeron que irían a conocer igual, pues ellos también tenían esos resfriados que les producían muchos mocos y congestión nasal. Cabe decir que fueron a Montetoni y se resfriaron. El entonces jefe de Montetoni, Migtzero, les aconsejó quedarse unos días más en su comunidad para evitar que al regresar a sus territorios contagiaran a sus otros paisanos y a falta de medicinas, se creara un problema. Con las pastillas que el promotor de la comunidad les dio se curaron sin mayores complicaciones, siguieron unos días más, y emprendieron el regreso cargados con las ollas, frazadas, cuchillos y otros enseres que les compartieron las familias de Montetoni.

Y así es como estos tres paisanos a quienes en Montetoni les pusieron por nombres: Marcos, Regino y Mateo, nos dieron a conocer quiénes eran los llamados “no contactados”. Bueno, me lo dieron a conocer a mí, porque para los paisanos de Montetoni, aquellos personajes eran “gente”, “personas” pero sin apelativos de “contactado” “no contactado” “semicontactado” ni nada por el estilo. Posteriormente se unió a quien pusieron por nombre Claudio, y desde aquel momento, han visitado Piriasánteni y Montetoni esporádicamente según lo han considerado oportuno.

David Martínez de Aguirre 

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